20 abr. 2006

Juan Carlos Ramiro Quiroga

Nace en La Paz el 11 de marzo de 1962. Literato, periodista y padre de familia. Durante mucho tiempo asumió los dictámenes fundamentalistas del Corán. Ahora practica el protestantismo anglosajón, sin estigmas ni exclamaciones.
Hacia 1992 conformó el grupo denominado Los jinetes del Apocalipsis junto con Jorge Campero, Edmundo Mercado, Rubén Vargas y Renato Careaga (compositor). Con ellos edita la revista literaria El Cielo de las Serpientes, publicación sui géneris en la cual se expone por vez primera para el medio boliviano la poesía contemporánea del país.
En 1995 impulsó la creación del Club del café y el ajenjo con Gary Daher y Ariel Pérez. Este concilio concreta el Primer Encuentro de Escritores de Bolivia y Chile en Santiago de Chile, reunión que poco a poco se ha ido consolidando como algo regular. La terna editó la revista Mal menor.
Ha publicado cuatro poemarios: El Pozo de Interminables Líneas: Cámara de Eco (1990), Cámara de Eko o el Pozo de Ariana (1992, reeditado en 2003), Errores Compartidos (1995, junto con Daher y Pérez) e Historia del Ángel (2003). Tiene dos textos inéditos: Turbaciones (de celo) ante la Gran Piedra (1993) y El Primero Amor (2001).
Su poesía está incluida en la Antología de la Poesía Latinoamericana del Siglo XXI (Siglo XXI, México, 1997), de Julio Ortega, compilador. También en Zur Dos. Última poesía latinoamericana. Antología de Pedro Yanko González y Pedro Araya. Paradiso Ediciones, Buenos Aires, 2005. El verbo descerrajado (Antología de poemas en solidaridad con los presos políticos de Chile), Apostrophes Ediciones, Santiago de Chile, 2005.




VOLADOR HECHO CON EL ASOMBRO DE LOS FLAMENCOS

Ciertos retazos de seda,
algunas pajitas envueltas con hilo de araña
un poco de engrudo
el cordel necesario para sujetarse
mientras el asombro de los flamencos
se recorta en los rojos ponientes.


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A mi conejita de playboy, Carmiña Mina

Bésame como me besaste anoche
dulce, apretada, con besos de loca
fuerza o volcán o lo que más provoca;
mudos son mis quejidos en la noche:
Ágil me tienes en seguir tu coche
que de un confín a otro término toca
soles y estrellas. Como cualquier boca
en el tálamo virgen, noche a noche,
déjame muerta de amor o de azoros.
Cuando me vieres yacer en tus coros
de ángeles, muda de espanto o herida,
vierte otra vez en mi cáliz tu vino.
Tengo yertos los pies de ir en camino;
¿Fría quedaré o húmida o perdida?

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