13 ago 2012

LA BESTIA ENSANGRENTADA / Paola Guardia Arzabe


"(...) No me conmueven las lágrimas sino la tristeza. Me conmueve la vida aunque no me emocina. No me asombran las enfermedades, ni estertores de muerte, ni cotidianas bajezas, ni mezquindades. Me enternece la humanidad de la carne. (...)"


Paola Guardia es una artista particular, dedicada a explorar las técnicas gráficas creativamente. La pintura, la ilustración y la serigrafía se han convertido en su oficio, pero no el único.

El trabajo compuesto bajo el título de La bestia ensangrentada (2009), está integrado por tres textos y más de 20 serigrafías, algunas de ella conformando una superposición de colores que refiere a la impresión offset.

Este libro editado integramente a mano bajo su primer sello, "La maquinita", es de una profesionalidad difícil de decir sin sonar aduladora. Actualmente, "Mano de mono" (el nuevo sello) se ocupa de impresiones planas en serigrafía, (de más está decir) continúa realizando los trabajos enteramente a mano.

Otros y yo. un crecimiento interno que padece el mundo externo, avanza recorriendo los sitios vitales del cuerpo. Sister. "¿qué y quién me faltaba?" la dualidad más que bilateralidad deviene en un mundo familiar de adversos. Finalmente, La bestia ensangrentada. "sin preguntas nadie la recuerda" viene a concluir una trilogía que abre, justamente, preguntas como contraseñas.

Las imágenes van variando su figuración hasta el final, en una serie de color y concentración de negro, de pleno negro grafismo a trazos gestuales; impactan vivamente el ojo.


Paola Guardia Arzabe. artista. Participó en exposiciones colectivas del SIART entre 2001 y 2005; individuales, entre 2004 y 2009. Obtuvo Mención de honor en el Salón de Arte Joven (2003). Su trabajo fue difundido en las revistas: Crash, Gringo muerto y Estroboscopio. Integró la exposición La fiesta pagana, Cien mujeres, cien óleos y es parte del grupo Lápiz.

23 jun 2012

ENTRE LA MARAVILLA Y EL MIEDO / Emma Villazón


Difícil hacer algo semejante a una descripción del reciente poemario de Paura Rodríguez Leytón Como monedas viejas sobre la tierra (La Hoguera, 2012), cuarto libro de poemas de la autora, debido a la profusión de secuencias oníricas hiladas de forma tan depurada que presenta, y a la vez por el carácter críptico de los versos —y digo críptico en el sentido positivo del término, ya que ofrecen sensaciones fuera del código convencional de coordenadas sensitivas de la vida diaria. Pero justamente en ese rasgo esencial reside mi atracción por la obra y mi necesidad de hablar de ella, en la capacidad que tiene para deslumbrar a través del recorrido de una voz poética —el libro consiste en un largo poema organizado en estaciones numeradas— que transita por el monólogo y luego interpela a un otro y a una otra indeterminados, revelando experiencias plásticas desconcertantes, cuya fuente además de la alquimia con la palabra pareciera surgir de una relación con los sueños. 

Escuchemos: “Una pared alta,/ de tierra/ abre un espacio extraño en mi memoria”; “He me aquí transparentada/ por una luz cenicienta/ lamiendo los dedos para contar las horas”; “Mi lenguaje a ciegas/ los caminos como horas diluidas:/ semillas dispersas en la arena”. Desde el comienzo del libro se cruza un umbral donde raras imágenes suceden y aluden a una resistencia contra el olvido a la vez que a la necesidad de una aceptación amable de la transitoriedad de la vida. Complicada tarea. La conciencia de lo que hace el tiempo en el cuerpo provoca asombro, daña, pero también es una buena señal porque “el asombro mantiene vivas las venas”. La dispersión de la identidad da el tono del poemario, uno de constante sorpresa y peligro, donde a la vez hay cierta referencia al poder que tendría la voz poética para lanzar augurios y descubrir otras realidades: “Juntos lamiendo la oscuridad/ remachando el silencio/con augurios cotidianos”; “te adormeces buscando la verdad”; “esperamos siempre/ que vuelva/ el sigilo de los secretos menudos”, característica esta última que me recuerda a esa figura del poeta que se asoma a lugares sagrados y devela una verdad más trascendente, búsqueda poética en la que el hablante asume el lugar del médium, y que fue, en su momento, explotada por el surrealismo. Pero pienso, más precisamente, en Olga Orozco al percibir este camino en Paura. Por ciertos momentos, creo algo de la práctica orozquiana resuena en Como monedas viejas sobre la tierra en más de un sentido: primero, como señalé, en comprender la voz poética como la de una oficiante o sibila, o un puente que une lo perdurable con lo momentáneo, lo invisible con lo visible a través de la experiencia onírica; y segundo, porque en ambas permanece como un principio la idea de que la tensión desgarradora que se vive a causa del tiempo puede resolverse de alguna manera en el poema, es decir en ambas está la creencia de que el poema salva; cito a Paura: “Un poema podría ser el mejor refugio para tus huesos,/ para tu fémur olvidado”, y a Olga, que, en un breve texto titulado “La poesía”, dice que el poema es un acto de fe, “como un poco de salvación en el fondo de la pérdida, o como el alivio de haber salvado el lenguaje después de haberlo expuesto al mayor de los peligros”.

Pero para que tengamos una idea aún mayor de la intensidad de Como monedas viejas sobre la tierra, podríamos imaginar la experiencia de lectura como el ingreso a un sendero confuso, de fácil y seductor extravío, donde el yo hace una labor de sanación, de afirmación de la vida, a través de ritos domésticos, sufriendo ciertos vértigos (“mejor no reavivar la llama,/ mejor no estar así arrimada por lo que no sé”), y donde también pide caminar con un otro (“Juntas/ las formas de nuestros pies/transitan el delirio del olvido”), y asimismo, como mencioné, donde se establece un diálogo con una otra: “Mi lenguaje/ recuerda que hacías pedazos los papeles,/ y que cruzabas descalza la noche/ en la que hacía falta un diván amarillo”, interlocutora sobre la que coincido con el poeta Antonio Terán, quien hace el prólogo del libro, en que podría ser la misma poesía. Ante esta “otra”, la voz poética encuentra un regazo, se da el éxtasis “entre maravilla y miedo”, “los versos caen/ como monedas viejas/ sobre la tierra”. De esa manera, entra en juego en la obra la imagen de los versos como monedas antiguas, como objetos intercambiables fuera del orden de la economía imperante, pues circulan en el ámbito de la escritura, donde los valores de la cotidianidad entran en quiebre, y lo más antiguo puede ser lo más nuevo y deslumbrante; es decir, circulan en un espacio donde todo es posible.


Paura Rodríguez Leytón (1973). Es poeta y periodista. Mereció el Premio Nacional de Poesía convocado por el Gobierno Municipal de Sucre. Sus últimos poemarios son Ritos de viaje y Pez de Piedra.

2 mar 2012

RESTOS DE UN CIELO / Marcia Mogro

"Restos de un cielo" partes. vestigios. fragmentos. rastros, es el último libro de Marcia Mogro. Publicado por Plural (2011) la edición permite intuir una bellísima ilustración de tapa realizada por Germán Gaymer Rowe.


"Los Selknam (onas) y los Kawéskar (alacalufes) junto con los Yámana, antes de ser exterminados eran los pueblos indígenas más australes del planeta, ubicados en la Tierra del Fuego y en los fiordos del suroeste de Chile, donde aún sobreviven algunos seres humanos que representan a esas etnias protohistóricas del mundo (como los Urus en Bolivia). Pero ¿qué tiene que ver este hecho antropológico con un libro de poesía? Ahora todo.

Pues resulta que la honda palabra poética de Marcia Mogro (Semiramis, 16MG, Los jardines colgantes, De la cruz a la flecha, Lacrimosa, Excavaciones) en este su último libro compone un solo poema de largo aliento, en el modo de la poesía concreta, exenta de subjetivismos, desplegando una plena y rica madurez expresiva para hablarnos de esos pueblos canoeros del mar, desaparecidos, asesinados, cuyos cuerpos eran tirados al mar desde el amanecer hasta el anochecer por el invasor europeo o mestizo.

Con lúcida evocación del avasallamiento y el genocidio, el poema nos dice sin concesiones cómo se arrasó la paz y la belleza de unas culturas irrepetibles, las cuales en un medio ambiente extremadamente inhumano transformaban todas sus actividades cotidianas/ en sublimes/ y elevados/ actos/ de amor. Aquellos que fueron llevados a Europa para ser expuestos como curiosidades semihumanas, aberraciones semianimales, en ferias de la civilización rampante. De ellos sólo han quedado los restos de un cielo: partes, vestigios, fragmentos, rastros estremecedores y alucinantes, que la alta y tensa sensibilidad de la visión poética de Marcia nos permite conocer y saberlos transcurriendo en abismales soledades."

Contratapa: Alvaro Díez Astete.

15 feb 2012

EL VALOR FUNDAMENTAL DEL INSTANTE VIVIDO / Guillermo Augusto Ruiz

Entrevista a Eduardo Mitre.-
Autor de una extensa obra poética –que comprende, hoy en día, once poemarios–, así como de cuatro antologías poéticas donde incluye ensayos sobre las obras recogidas, Eduardo Mitre (Oruro, 1943) es sin duda uno de los mayores representantes de la poesía boliviana contemporánea y, a la vez, de su faceta crítica. Partiendo de sus dos últimos libros, en poesía y ensayo respectivamente –Al paso del instante (Valencia, Pre-textos, 2009); Pasos y voces (La Paz, Plural, 2010)–, esta entrevista, que generosamente Eduardo nos concedió desde Nueva York, pretende dar un repaso retrospectivo, mas también volcado hacia el porvenir, de la labor del escritor boliviano. 
 
I. La poesía

Tus últimos poemarios –El paraguas de Manhattan (2004), Vitrales de la memoria (2007) y Al paso del instante (2009)– parecen formar un tríptico, en el cual alternan la presencia de Nueva York y la memoria de tu Bolivia natal. Ahora bien, El paraguas es ante todo celebratorio, mientras que Al paso del instante es predominantemente melancólico. ¿A qué atribuyes esta inflexión?
El paraguas de Manhattan fue escrito desde el asombro que produjo en mí el descubrimiento o redescubrimiento (viví antes en Manhattan) de esta entrañable ciudad; en tanto que Al paso del instante, desde la extrañeza (uno de los poemas se llama justamente “Extrañamiento”) y, sobre todo, desde la conciencia de la preciosa fugacidad del tiempo. Tal vez la mejor cifra del libro sea el verso magistral de Nemerov que va como epígrafe del libro: In the instant absence of forever: now.

Ya desde el título, Al paso del instante, pareces afirmar tanto la realidad del instante como la irreversibilidad del tiempo. Aparece entonces un “instante trizado”, fragmentado en el tiempo y el espacio. ¿No es esta fragmentación contraria a la voluntad de “construir la morada”, como leemos en tu primer libro, Morada (1975)? 
Tanto o más que “el carácter trizado” que anotas, esos poemas comunican la naturaleza fugaz e irreversible del instante. La comparación o referencia a Morada me impulsa a señalar una diferencia: el espacio en este libro es predominantemente íntimo, el de la pareja; en cambio, los ámbitos o escenarios de Al paso del instante son los de la ciudad. El primero, diseña el espacio de la presencia, la permanencia; en el segundo, no hay sino tránsito y transeúntes, pasantes. 

En “Arte poética”, el primer poema, y en el que le sigue, aparece la figura del ángel, como “leve” e “inmune al tiempo”. ¿Cómo entra en tu poética, que es terrenal, esta figura celeste? 
No es —que yo recuerde— una figura recurrente en mi obra; su aparición en el poema mío que citas acaso sea una cifra del aliento del poemario, del instante poético; el ángel, los ángeles, aparecen y desaparecen, como las visiones de los pasantes que propiciaron el poemario: la madre y el niño falto de un brazo, la hermosa mujer que detiene un taxi, ingresa en él y se pierde en el tráfago de la ciudad; la pareja de ancianos esperando el autobús…. Así, el ángel sería la cifra de la escritura a la cual aspiro: ágil, intempestiva, ligera, es decir: vivaz. Y a propósito, escribí un poema breve, inédito, que excluí del poemario, cuyo título es precisamente “El ángel del instante”; transcribo tres de sus cuatro estrofas:

Va con las alas plegadas
pues prefiere la marcha al vuelo,
la tierra y las calles planas,
a los riscos y montañas.
Sin memoria ni nostalgia,
el aquí y el ahora:
son el espacio y el tiempo
de su efímero reino.
———
Ahora encarna en el reflejo
del rostro de una muchacha
que de paso por la plaza
se contempla en el espejo. 

En “Vías” –poema de Ferviente humo (1976)– leemos este precepto: “agarrarse al oído –no a lo ido”. Sin embargo, a partir de Vitrales de la memoria, el recuerdo es fundamental en tu poética. ¿A qué se debe esta inversión?
Vivir es construir recuerdos, escribió Huidobro. Estos cobran preponderancia en mi poesía al sumarse los años y, con ellos, las pérdidas de presencias amadas. En Vitrales de la memoria trato de recuperar los paisajes de mi infancia y adolescencia: el Altiplano orureño, el balneario de Capachos; la casa paterna, los “chaucheros”, la plaza Colón y los cines de Cochabamba; paisajes adonde vuelven presencias familiares de entonces (el tío, el abuelo, el condiscípulo de la escuela, los compañeros de juego), así como memorables figuras de diversos ámbitos: el payaso de circo, Marilyn Monroe, Natalie Wood, Enrique Omar Sívori. Esos poemas son elegías, pero siempre más rememoración que lamento, en una escritura obediente al deseo de prolongar su permanencia en la memoria; son, pues, vitrales verbales que apuntan a revivir, a fijar en la página lo vivido y perdido.

A partir de Camino de cualquier parte (1998), pareces tomar partido por las formas poéticas más bien tradicionales, sobre todo la copla y las formas estróficas formadas por asonancias irregulares. Sin embargo, en tus primeros libros, es importante la experimentación formal (poesía visual, poemas en prosa, etc.). ¿Cómo lo explicas?
Sí, Morada y Mirabilia, son libros de una exploración y experimentación lúdicas del lenguaje, de un lenguaje visual, como dices. La tradición de una poesía caligrámica y de la poesía concreta, a más del poema en prosa, son las pautas que rigen a ambos libros. El cambio o la inflexión que observas en mi obra posterior, surge a partir de un poema-libro: Desde tu cuerpo, inspirado en el nacimiento de mi hijo Gabriel. Se trata de un poema extenso, que concierta varios temas y tramas: el nacimiento y crecimiento del hijo, la celebración del cuerpo, la reflexión sobre el lenguaje, la violencia de la historia… Ese poema tiende un puente formal hacia mi poesía posterior, la cual se ajusta a formas poéticas tradicionales, en las cuales se plasman composiciones —en el sentido musical del término— como “El viento”, “La lluvia”, “El verano”; esa poesía de los elementos que ha destacado Antonio Muñoz Molina. Es obvio que esos poemas son inseparables de la forma en que se gestaron y plasmaron. Me gustaría destacar aquí el carácter narrativo que tienen, ya que comportan, como los cuentos o los romances, una suerte de trama y un desenlace.

A mi ver, tu poética presenta ciertas afinidades con la del francés Yves Bonnefoy, en la medida en que ambas hacen del acercamiento a la realidad no sólo un objetivo, sino una problemática fundadora. Bonnefoy, al hablar de esta empresa, afirma que es “inacabable” (l’inachevable). ¿Crees, como él, que resulta imposible acercarse a lo real a través de la palabra? ¿Es este tipo de poesía la crónica de un fracaso anunciado?
Cada poema sería una ventana abierta al mundo –exterior e interior–. En consecuencia, mucho depende de la mirada que mira a través de ella. Desde luego, la realidad permanece indecible en su totalidad, sólo podemos avizorarla y, sobre todo expresarla, parcialmente. En cuanto al carácter inacabable que, según Bonnefoy, tiene la empresa poética, depende del sentido que demos al término que él utiliza. La obra, en efecto, es inacabable, porque, por una parte, no apresa, por más que se proponga, toda la realidad, pues, al margen de los límites del lenguaje, ésta se halla en perpetua gestación o cambio. Además, toda obra tiene un carácter inacabado, porque es susceptible de perfeccionamiento –aunque hay tantas obras de una plenitud tal que no me las imagino de otra forma.

En tu poesía el sujeto es abiertamente personal y autobiográfico desde Razón Ardiente (1982), lo cual se confirma y acentúa en tus últimos libros. Ese yo poético que tantos modernos, en reacción al romanticismo, han ocultado a favor de un sujeto impersonal, ¿por qué lo reivindicas?
La persona poética que habla en mis poemas no siempre es autobiográfica; pues en ella se habla frecuentemente de las cosas y, a menudo, de otras personas. En Razón ardiente, sí, hay fragmentos autobiográficos, pero son sólo fragmentos que se insertan en otros que se refieren a hechos que trascienden lo personal, de modo que ese “yo” deviene, en la experiencia del exilio que testimonia, un “nosotros”. Además en la lectura cada lector se convierte en el autor o sus personajes, así como éstos se confunden en el lector. Sin esa metamorfosis o mimetismo camaleónico, la literatura, la poesía, no serían posibles.
Desde luego, reivindico el sujeto, la subjetividad irreductible e inabarcable de la persona, en un mundo en que cada una se halla cotidianamente amenazada de convertirse en un ente de condicionamientos, de reacciones y reflejos, en decir, en un robot o en un fantasma.
II. El ensayo

En Pasos y voces (2010), afirmas que lo que distingue a la poesía boliviana es una “continuidad cambiante”. En general, a tu ver, ¿qué es lo que tiende a cambiar?, ¿y qué es lo que permanece?
Me refería concretamente a la ausencia en nuestra literatura de manifiestos vanguardistas, frecuentes en otras literaturas como la chilena, argentina o mexicana. Las dos generaciones de Gesta Bárbara, que corresponderían al movimiento de las vanguardias, asumen desde su nombre –suerte de homenaje a Ricardo Jaimes Freyre– un reconocimiento de la tradición modernista. Por lo demás, las continuidades temáticas y estilísticas que señalo en Pasos y voces, por ejemplo, entre Hilda Mundy y Jessica Freudenthal, o entre Yolanda Bedregal y Mónica Velásquez, tan distantes entre ellas cronológicamente, ilustran la continuidad a la que me refiero. Otra constatación que me deparó la investigación para ese libro es descubrir el hecho de que las fundadoras de la vanguardia en Bolivia son tres mujeres: Hilda Mundy, con Pirotecnia —su único libro de poesía, publicado en 1936—, Yolanda Bedregal con varios de sus poemas de Naufragio, también de 1936, y María Virginia Estenssoro con El occiso, (1937), poema que temática y aun estilísticamente, anuncia la poesía de Jaime Sáenz. 

En 2009 salió una antología de jóvenes poetas bolivianos, titulada precisamente Cambio climático. En general, ¿te parece ésta una muestra de ruptura o más bien de continuidad en nuestra tradición?
Lo que tengo que decir sobre esa notable antología se halla en un artículo o reseña de la misma publicada también en Internet, de manera que no vale la pena repetir aquí mis opiniones (cf. “Notas a una antología”). Simplemente, me parece ya anacrónico hablar de ruptura, un concepto muy vanguardista, en una época en que, en rigor, ya no hay tales. Lo que hay en su lugar es una pluralidad, que por momentos trasunta una atomización, globalizada, pero atomización. Una de las ironías que refleja la lectura de esa antología es la profunda soledad de los hablantes, a menudo inmersos en un ámbito poblado de medios tecnológicos de comunicación como la Internet y la televisión. 

Tus ensayos no son panegíricos ni anatemas. Sin embargo, no temes poner en valor ni criticar ciertos aspectos de la obra que estudias. Como ensayista, ¿te parece posible establecer un límite entre la objetividad y la subjetividad en el momento de apreciar una obra?
Un límite objetivo, científico, es imposible: toda lectura, por erudita o académica que sea, implica una sensibilidad, un gusto personal, incluso prejuicios. Lo que tengo en cuenta antes de escribir un ensayo, es si la obra a la que me aproximo, me atrae, y si tengo o encuentro algo que decir sobre ella. Esa misma atracción o fascinación que ejerce la obra, me obliga a una fidelidad con ella, la cual no es otra que hacer una lectura apasionada y a la vez crítica. 

En un ensayo, escribes sobre cierto poemario: “Menos experimental, con una escritura lineal, la segunda parte me parece más convincente”. ¿Significa ello que desconfías de la experimentación? ¿Crees que es aún posible innovar en poesía?
No me opongo a la busca de nuevos modos expresivos, a la experimentación indagadora, sino a ciertas prácticas escriturales que pasan por tales y son, en rigor, un ejercicio de la pereza, del facilismo. Así ocurre con frecuencia en la práctica inflacionaria del haiku y de otras formas poéticas.

¿A qué nuevos pasos y voces de la poesía boliviana te has acercado últimamente? ¿Estás preparando una nueva antología crítica?
Me encuentro en una etapa de lectura y reflexión; no tengo en mente aún un proyecto ensayístico o antológico claro. De lo último que he leído en el ámbito de la poesía en Bolivia, me impresionaron favorablemente los poetas que señalo en mi reseña a Cambio climático: Sergio Gareca, Guillermo-Augusto Ruiz, Emma Villazón Richter, Pamela Romano, entre otros.
III. La lectura

Si la biblioteca es la patria del escritor, ¿qué libros fundamentales conforman la tuya?
Los clásicos de siempre: Homero, Cervantes, Shakespeare; pasando por San Juan de la Cruz y Fray Luis de León; Lope de Vega, Góngora y Quevedo; y los clásicos modernos, Walt Whitman y Emily Dickinson, Baudelaire, Wallace Stevens y Octavio Paz –para nombrar solo algunos que releo con frecuencia. 

Leer y escribir poesía… ¿qué sentido le das a esas actividades en el mundo de hoy?
Leer poesía, descubrir una voz singular, o releer las clásicas, siempre me significa una experiencia enriquecedora. La incidencia de la poesía en las vidas de las personas es imposible de mensurar. Su presencia en la historia, sea como motor utópico o como espejo testimonial de las injusticias y estragos de la misma, es cada vez más limitado, como lo es su aliento para propiciar un cambio. Pero mejor no caer en el pesimismo y escuchar aquí a Yves Bonnefoy, quien en una entrevista dice:
La poesía es aquello que quiere liberar a los hombres de los prejuicios y quimeras que los empobrecen… hoy sólo pensamos y hablamos de manera conceptual, es decir, sirviéndonos de nociones y representaciones generales, que nada saben del tiempo, que nos hacen olvidar nuestra condición de mortales, que nos impiden comprender el valor fundamental del instante vivido, que nos alejan de los demás seres, unos seres que sustituimos por la idea abstracta que nos hacemos de la humanidad y de cada uno en particular.
Destaco la frase: «el valor fundamental del instante vivido»; la cual, me parece, puede ser un buen epílogo a este diálogo. 


Fuente: Ecdótica. Publicado con autorización del autor.

9 feb 2012

LA POESÍA BOLIVIANA, ESA DESCONOCIDA / Gabriel Chávez Casazola

Un signo de interrogación. Un signo que guarda un enigma a su vez escondido entre montañas. Así suele verse a la poesía boliviana desde fuera.  Y aun esto es un decir, pues casi no se la ve.  O no se la ve en absoluto, pese a que Bolivia tiene una rica, fecunda –y sobre todo vital- tradición poética.  Y pese a que las montañas andinas son solo la porción occidental de un vasto territorio de valles y selvas, que desciende al naciente con los ríos (y el idioma) abiertos.  

Para que esta poesía esté invisibilizada conspiran varios factores: editoriales pequeñas; falta de apoyo estatal; ausencia de publicaciones (libros, revistas, portales) con alcance internacional; escasos canales, flujos y contactos con autores, críticos, editores, traductores y divulgadores de otras naciones. Pero, sobre todo, en el trasfondo, planea una suerte de enfermedad nacional que aqueja también a muchos poetas: la mediterraneidad espiritual. 

Ésta consiste en creer, en los niveles subconscientes, que la ausencia de una salida al mar, a un mar arrebatado, encerró a los bolivianos, condenándonos a una suerte de confinamiento más allá (o más acá) de lo geográfico, tan determinante que de él no pueden escapar ni las palabras.  Mucho hay de victimismo –y de ignorancia de la propia condición amazónica y platense del país- en esta mirada, en este mito que han alimentado los políticos (y la educación diseñada por los políticos) durante décadas, para solapar sus propias incapacidades.

En el caso de la poesía boliviana, esta malade se ha traducido en lo que llamo una insularidad mediterránea (primera paradoja). Se trata de una poesía atípica, signada por el ensimismamiento y por la asincronía -este concepto es del poeta Gary Daher- respecto a las corrientes o a las vertientes estéticas, e incluso respecto a las discusiones que atravesaron y atraviesan la poesía escrita en nuestro idioma.

Esta, por cierto, no es una valoración negativa. De hecho, la insularidad de esta poética ha cuajado no pocas veces (y esto al margen de las infaltables medianías narcisistas) en una valiosa originalidad y en una gran potencia creativa, crecidas a las márgenes de otras poéticas, constituyendo una suerte de periferia central del continente (segunda paradoja).

Como decíamos al principio, poco se sabe en los circuitos internacionales acerca de la riqueza de esta poesía, de su tradición y de su actual vitalidad, en unos años en que precisamente la insularidad que le ha sido -y aún le es- característica comienza a diluirse, de la mano de la tecnología, las transformaciones glocales y la activa curiosidad de las nuevas generaciones de poetas, ya curados de los males del siglo pasado (o al menos en franca mejoría).

Como una pequeña contribución a la visibilización de esta poética y a su hacerse presente en el mundo, comenzando a disipar interrogantes exteriores y mitos interiores, accedí a la invitación de Alí Calderón para preparar un dossier de poesía boliviana que tomara en cuenta a diez autores, para su publicación en Círculo de Poesía.

Pude haber elegido a los tótems de la poesía boliviana –como Ricardo Jaimes Freyre y Franza Tamayo-; a sus piedras miliarias –pienso en Oscar Cerruto y Jaime Saénz-, o a relevantes poetas cuya obra se desplegó y alcanzó madurez en la segunda mitad del siglo XX y que ahora merecen ser releídos, estudiados y antologados, como de hecho ya viene ocurriendo con algunos de ellos (Edmundo Camargo, Blanca Wiethüchter, Roberto Echazú, ya fallecidos; Pedro Shimose, Eduardo Mitre, Matilde Casazola, Jesús Urzagasti, Humberto Quino, Fernando Rosso y Juan Carlos Orihuela, entre otros poetas que continúan produciendo). 

Sin embargo, pues su obra es la que mayor visibilidad e impulso precisa, opté por elegir a diez autores en plena y presente madurez poética, actuales frutos en sazón; diez poetas nacidos en un arco que va desde mediados de los 50 hasta mediados de los 70 del siglo pasado y que son quienes han publicado la mayoría de los libros de poesía más significativos, en diferentes registros estéticos, de la primera década de este siglo. No son poetas del siglo XX, en sentido creativo: son diez poetas del siglo XXI (tras los cuales viene otra valiosa generación más joven, de la que habrá tiempo de ocuparse más adelante, con nombres como Jessica Freudenthal, Emma Villazón, Janina Camacho, Sergio Gareca, Pamela Romano, Diana Taborga, Carolina Hoz de Vila, Pablo Carbone, Vadik Barrón, Paola Senseve y otros).

Cabe apuntar que busqué tejer una selección que abarcara no solamente a poetas nacidos o que desarrollan su obra en la ciudad de La Paz (un vicio del centralismo boliviano, también extendido a la literatura, suele preferirlos), sino también en las ciudades de los trópicos amazónicos y los valles centrales.

Están pues comprendidos Gary Daher (1956), Marcia Mogro (1956), Homero Carvalho (1957), María Soledad Quiroga (1957), Juan Cristóbal Mac Lean (1958), Gustavo Cárdenas Ayad (1961), Benjamín Chávez (1971), Oscar Gutiérrez Peña (1971), Mónica Velásquez (1972) y Paura Rodríguez (1973).  Vilma Tapia (1960) debió estar incluida pero declinó estar presente en esta breve muestra, que busca ser apenas una primera y parcial respuesta a ese signo de interrogación que es -aún- la poesía boliviana, esa desconocida.



(*) Poeta  y periodista boliviano, nacido en 1972.  
Sobre el autor

22 ago 2011

SERGIO GARECA, EL POETA MENOS ORUREÑO QUE SE CONOCE / Juan Carlos Ramiro Quiroga

Conozco el límite de mi encierro.
Sergio Gareca

1. La poesía de Sergio Gareca  (Oruro, 1983) tiene un éxito indescriptible en los reducidos ambientes de la lectura de poesía tanto de Oruro como de La Paz. Se parece mucho a unos fuegos artificiales en el cielo de Oruro y a una bengala en el cielo de La Paz. Azoro y expectativa producen sus poemas. Una imagen encendida que se queda pegada a las pupilas perdurablemente.

2. Quizás desde que fuera descubierto por la revista de poesía y otras escrituras del entre acá “Mar con soroche” en marzo de 2009 (Santiago-La Paz), que difundió a modo de epígrafe el hasta entonces inédito Croema, la poesía de Sergio Gareca ha recorrido vertiginosamente un ámbito no acostumbrado a los cambios imprevistos, sino a la dificultad y cierto recelo con el iniciado en los trabajos verbales. Y su iniciación ha sido deslumbrante, con un lenguaje no-lenguaje a la altura de la efervescencia poética internacional. Me refiero a Bostezo de serpiente infinita. Poesía visual (2009), libro casero con el que Gareca se coloca a años luz de la tradición poética de Oruro.

3. Después de Edwin Guzmán Ortiz, un orureño de ralea, o después de Eduardo Nogales Guzmán, el más orureño de los poetas con vida, o después de Benjamín Chávez, Premio Nacional de Poesía 2006, además orureño de paso, Sergio Gareca es el poeta menos orureño que se conoce. Paradójicamente, por obra y gracia de su vocación poética que lo trasciende, es el poeta más nacional e internacional que ha arrojado el puerto seco de Bolivia.

4. Inconfundible en ese salto poético, la de Sergio Gareca no tiene correspondencia con ninguna de las poesías creadas en Oruro. Salvo consigo mismo,  su poesía se abre paso como una veta de estaño, con una alta pureza verbal que empieza a ser celebrada no sólo en ciudades de Santiago de Chile, sino en La Paz, en Oruro, y en Santa Cruz de la Sierra.

5. ¿Quién es Sergio Gareca? Un gran lector de su propio yo y su circunstancia. Alguien que podría hallar poesía en alguna vocal, en un perro vagabundo, o en cierto moscardón. Un personaje que fácilmente podría vestir  la negra certidumbre del tedio, o jugar un carnaval a su propia medida y paso, con la única máscara soportable en los socavones de la angustia –la Diablada.

6. No lo digo en broma ni mucho menos, pero Sergio Gareca es una sátira salida de las epístolas de Horacio que no sólo da un tranco poético (de caporal negrero), sino dos, tres, cuatro y cinco coces verbales en un círculo al parecer rubricado por la poquedad creativa, la seriedad asfixiante, y una fertilidad aparente. Así, el joven poeta de Oruro hace trizas la sentencia de caras vemos, corazones no sabemos.

7. Como la de Carito Hoz de Vila o como la de Jessica Freudenthal, la poesía de Sergio Gareca está cargada de esa felicidad del lenguaje contemporáneo, que a veces no es mera libertad ni mero libertinaje, sino gracia poética de género con la que se podría crear zombies plásticos y simpáticos, o caperucitas rojas que visten mariquitas con rostro de lobo.

8. Acaso Mirador (2011), que ahora es dueño el Grupo Editorial La Hoguera, no es el mejor libro de Sergio Gareca, pero sí el más simpático. Llega justo, después que el autor ha sido merecedor del premio nacional de poesía “Poetas Jóvenes de Bolivia” que fue otorgado por la fundación Pablo Neruda de Chile y la Cámara Boliviana del Libro por el libro Transparencia de la sangre (2010).

9. Casi una antología personal, Mirador funciona como un tendedero, adonde el autor saca los trapos al aire para que el lector, acaso fingidor y nunca inocente, encuentre posiblemente unos agujeros en el calcetín, algunas hilachas en la camisa, ciertos remiendos en el pantalón, pero también –si mira atentamente– el vellocino de oro en la “Pequeña acción militar con fondo musical wagneriano” y en la “Relación de un ser superior”.


Texto leído por Juan Carlos Ramiro Quiroga en el acto de presentación del libro "Mirador", de Sergio Gareca, en la XVI Feria Internacional del Libro 2011 (La Paz).

31 jul 2011

TIEMPO DE SIRENAS: UN RITUAL DE ENCANTAMIENTO / Carito Hoz de Vila

El canto de las sirenas siempre fue un misterio. Desde el principio de la vida ha sido perdición de marineros y héroes. Su belleza confundía hasta la plenitud y enloquecía los oídos. Escucharlas era sumirse en un trance, donde uno se exponía al peligro de morir, en un mar sin escape. Escribir es un acto similar de delirio: navegar en una incertidumbre, donde más se tiende a perder que a ganar. Exponerse a un azar, en la marea de un papel en blanco, es crear: el riesgo de dar vida a mundos prohibidos.

Adriana Lanza en su última obra, Tiempo de sirenas explora la travesía de hacer poesía, en una casa de “señales insólitas” como lo es la escritura, donde la palabra salva mundos de la muerte, y trae conocimientos de un más allá, sin saber a ciencia cierta qué  consecuencias traerá. Escribir es un acto de brujería. El peligro nace en esa curiosidad de crear y tocar la arcilla de lo desconocido. “Dejemos de lado las ideas de los cuerpos para postrarnos ante las sombras.” La poeta, al husmear historias, seres y emociones que permanecen intactos en la dimensión de sus sueños, se enfrenta a un despertar violento de la consciencia universal. El canto de sus palabras, al igual que el canto de las sirenas, se introduce a un mar de revelaciones aniquiladoras. Habitando las profundidades de su imaginación, estas sirenas arrastran fuerzas sobrenaturales, con el sólo acto de su invocación. Las palabras son un conocimiento que embellece y  desconcierta a la vez. La poeta viaja en ellas, se lanza a la aventura de llamarlas, escuchándolas y se pierde en sus fantasmas.

 “Algo te nacerá si apuntas al laberinto de la oreja /sin zurcido posible, /como cualquier otro hueco del cuerpo.” La iluminación trae el horror, cuando no está preparada para descubrir secretos de otros mundos, y poder manejarse con soltura entre ellos. Quizás porque hacerse preguntas es el delito de enojar al destino. “Te completas reviviendo el pasado/ cuando sin un pelo de hambre/miraste lo que no sabías./ Y te mostró colmillos.” Aún así, Adriana se introduce en la máquina del tiempo, presiona el teclado y viaja por las letras de su cuerpo y de todos los mundos. Adriana o Ariadna, al igual que una tejedora, se atreve a indagar en la tela de un Dios ilegible, para saber un poco quién  es y de qué está hecha en su origen. Esto la hará más a fin al mundo y la certeza de vivir. “El juego entre ser antigua y actual, /adolecer por estar prendida al mundo.” Su canto es la invocación sagrada al canto de un Diosa, la poesía, que en su forma de sirena, enloquecerá a Dios y lo hará hablar en una belleza incomprensible y total. “Muéstrate tal y como quieras, una más en la neblina de tu tiempo nuevo, /sumergida con cuerpo de sirena cantándole a Dios para enloquecerlo.”

El personaje de la sirena lo encarna a la vez esta poeta, en tanto bruja, mitad animal marino y  mujer terrestre, mitad ninfa y ama de casa, viviendo el conflicto de una doble vida, entre la realidad y el sueño; entre ser mujer que responde por sus obligaciones sociales como madre y trabajadora, o ser la diosa del arte, la loca y rebelde, que en sus visiones de poeta trastoca los principios de la vida. Entre ser común y corriente o una criatura mítica, transcurrirá su dilema, que sólo se resolverá con la fusión de estas dos identidades y la reconciliación de su oscuridad con su luz. Así, una galería de monstruos y seres mitológicos irán saliendo y entrando de su boca, una y otra vez, y poniendo en crisis sus debilidades y fortalezas. La escritora se expondrá a los demonios de su creación, en un ritual que partirá de la invocación, llegará al diálogo, luego al grito (desahogo) y desembocando en el silencio, encontrará su sanación. “Escribir sólo te salva./ Desflora la presencia que te ampara. /Tradúcela en iluminaciones pendientes/ de tus ojos a miradas antiguas.” 


Tiempo de sirenas
Te nombro diosa porque te hice una corona, brillante, esmerilada. No sé cómo invocarte si no es con ofrendas. Lo superficial me trasciende, me desmorona. No aparecen todas las voces en mi garganta. Cada uno canta como le viene, sintiéndose menos,  jurándose más en la esfera. Siempre solo escucha su I- Pod y entra en sí mismo. Ni el más ateo olvida a dios. Escribir con los dedos en vez del alma, es la mejor manera de tocarte mi reina. Hacer tus formas voluptuosas o ridículas. Pero que seas tú con lamentos y festejos en la soledad. Muéstrate tal y como quieras, una más en la neblina de tu tiempo nuevo, sumergida con cuerpo de sirena cantándole a Dios para enloquecerlo.

 
Adriana Lanza nació en La Paz Bolivia el 2 de noviembre de 1978. Estudió en la Carrera Experimental de Arte Mención Literatura en la Universidad Católica Boliviana. Realizó una Maestría en Literatura Latinoamericana en la Universidad Mayor de San Andrés. Publicó los libros Primer alumbramiento (Ofavim 2005), Libro de armar ( Preview Gráfica 2009) yTiempo de sirenas (Gente Común, 2011).

15 abr 2011

UNIDAD VARIABLE. BOLIVIA - ARGENTINA. POESÍA ACTUAL / antología

El próximo sábado, 23 de abril a las 21:00 en la Sala Domingo Faustino Sarmiento - 37 Feria Internacional del Libro de Buenos Aires (La Rural, Predio Ferial de Buenos Aires: Avda. Sarmiento 2704) se presentará el libro "Unidad variable. Bolivia - Argentina. Poesía actual" editado por Grupo Editorial La Hoguera (Bolivia).

Unidad variable es una antologría que propone hermandad, paridad poética boliviano-argentina. Albricias por el gesto que, ojalá, abra caminos, espirituales y físicos. A partir de esta iniciativa de unidad, que es variable y que porta como mínimo dos caras, se ofrece una muestra de la poesía actual, de la poesía que está haciéndose, a través del foco puesto sobre algunos hitos de ese hacerse. Esta selección tiene el mérito de representar un panorama amplio, no ceñido a tendencias, a grupos de amistad ni a medio alguno de difusión.  Marimé Arancet Ruda
La metáfora "unidad variable" retrotraída al contexto boliviano, tiene su grado de justeza. En estas latitudes nunca se vivió en pos de una troncal única e inamovible. La poesía en Bolivia, para empezar, nunca justificó que la experiencia y el oficio de escribir deban medirse al interior del espacio donde se bate la lengua de un poeta, es decir, en el mero egoismo de su circunstancia. Al contrario, anunció siempre que el lugar desde el cual una lengua se hace única y, por qué no, particularmente universal, es el verdadero espacio donde se hace posible el "tránsito infernal maravillado" del poeta hacia su sana dispersión y descalabro lingüístico. Pues esa lengua, acaso esta misma que escribe ahora, descubre su rasgo en el acto mismo que precisamente gana de unario y de poiesis, más allá de todo ideal de tradición. Rodolfo Ortiz 
Selección y recopilación: Laura R. Martínez
Prólogos: Rodolfo Ortiz y Marimé Arancet Ruda

Autores antologados: Joaquín Giannuzzi, Héctor Borda, Pedro Shimose, Jesús Urzagasti, Hugo Mujica, Santiago Sylvester, Matilde Casazola, Eduardo Mitre, Paulina Vinderman, Daniel Freidemberg, Nicomedes Suárez, Diana Bellessi, Jorge Paolantonio, Javier Adúriz, Jorge Aulicino, Humberto Quino Márquez, Mirta Rosenberg, Juan Carlos Orihuela, Jorge Campero, María Teresa Andruetto, Gary Daher, Cé Mendizábal, Dolores Etchecopar, Marcia Mogro, Susana Villalba, Juan Cristóbal Mac Lean, Susana Cella, Vilma Tapia, Juan Carlos Ramiro Quiroga, Fabián Casas, Marcelo Villena, Paula Jiménez, Enrique Solinas, Andi Nachón, Benjamín Chávez, Mónica Velásquez, Santiago Llach, Gabriel Chávez, Paura Rodríguez, Romina Freschi. 
Argentina y Bolivia comparten un espacio fronterizo. Un lenguaje del acá y otro del allá se encuentran y evidencian conexiones y divergencias. Promover el encuentro, tejiendo relaciones para generar diálogos, es colaborar a ampliar el ancho y la permeabilidad de la frontera, naturalizando el intercambio. Para eso que esta edición tiene voluntad, para trascender el proyecto editorial y convertirse en parte del proceso. Laura R. Martínez
 

2 abr 2011

"EL DESPLOMAR DE SÍLABAS EN EL VACÍO" / Jessica Freudenthal

Desde el título, el poemario de Guillermo-Augusto Ruiz nos propone un juego, un enigma. Es un “libro de poemas”, ganador de una mención de honor en el Yolanda Bedregal, titulado Prosas Sacras.

La poesía se constata o verifica como “género” en el acto de lectura, en la relación con cada lector. Además, en algún momento se otorgó a la poesía un carácter sagrado, incluso “espiritual”. Contrapuesta a la “prosa”, ligada a “lo prosaico”, como dice el DRAE: col. Verborrea excesiva para expresar ideas banales y sin importancia. Aspecto de la realidad más vulgar o más lejano del ideal.

Pero son justamente estas afirmaciones las que este libro cuestiona. Pretender que hoy en día hay “géneros puros” es absurdo. Como decía Blanchot: "La literatura no soporta ya la distinción de los géneros y necesita romper esos límites". Citándolo nuevamente: "Un libro ya no pertenece a un género, todo libro remite únicamente a la literatura". Eso plantea el libro desde la tensión de su título: Prosas Sacras (un libro de poemas).

Este es un libro de relaciones dialécticas, tensiones constantes.

La primera tensión es la del silencio (llamémosle gráficamente espacio en blanco de la hoja) y el de la palabra (gráficamente expresadas por las palabras escritas en el papel). Así en el primer texto, “Elogio de la Hidra”, la voz poética enuncia:

Una gota de tinta con la cual empezar el mundo.

Esa gota que será tinta, que será sangre, que será mancha. Infinitas cabezas de lo monstruoso, aquello que debe mostrarse para ser, igual que la escritura.

Esta tensión entre el silencio –palabra, página en blanco– y la escritura, nos lleva a la tensión oximorónica y dialéctica de “lo claro y lo oscuro”. Y el poema que continúa se titula justamente de esa manera: Claroscuro, donde se reflexiona sobre la propia palabra, en una escritura metalingüística que juega como un vaivén de olas en el papel. Otro título que pone en evidencia esta tensión es "Transparencia del negro", texto que aparenta por su disposición en la página ser más cercano a la prosa.

En esta escritura de tensiones y dialécticas, no podía faltar la dialéctica vida - muerte que recorre todo el libro, fluye a través de él como un río. Y es justamente la imagen del río y la importancia del agua como elemento de vida/muerte la que se repite constantemente en el poemario. Esta metáfora es ya una metáfora clásica en la literatura, retomada en Prosas Sacras:

Porque todos somos
–Sangre y sueños sin fin–
Del silencio y el tiempo.

Porque todos somos
–Vida y muerte enlazadas–
El silencio y el tiempo.

El libro nos muestra la escritura como lluvia horizontal, un río: la noche fluye, la ciudad fluye, el agua es tinta… Y todo es escritura posible.

La nieve es la página en blanco, el río es escritura (mancha sin tintero), las hojas de los árboles son hojas de papel:
Hojas que danzarán la danza macabra con la muerte, esa danza bellísima que evoca vida y se dirige directamente hacia el fin.

"Ugly is as holy as beuty", citará el autor a Ginsberg para decir que “lo feo es tan sagrado como lo bello”, para confirmar su escritura dialéctica de aquello SACRO que confronta dos universos, dos mundos, dos formas de pensamiento.

En todo el texto, se da forma visible a la tensión entre el silencio y la palabra. El espacio en blanco como un silencio profundo. Recordándonos a Pizarnik, donde no sólo el vacío de la página representa al silencio, sino la utilización de conceptos opuestos, la contradicción, relaciones oximorónicas, porque la contradicción puede anular dos sentidos, pero también permite que el desplazamiento semántico dé lugar al silencio.

Casi al final del libro, las tensiones se resumen, las relaciones dialécticas alcanzan su mayor expresión en un incendio:

La vida la poesía

Es la leche de la noche.
Es la lluvia del alma en el hondo espejo de la muerte.
Es el manar de las palabras, del silencio
Que gotea en el cuenco de las manos.
Y todo es un incendio.

La vida la poesía es una leche de la noche, una leche blanca pero manchada por la oscuridad de la noche. Es una lluvia del alma (vida), una lluvia clara, pero que se refleja en el hondo espejo de la muerte.

La vida de la poesía es el manar de las palabras, palabras que salen desde el silencio, que son del silencio, palabras lluvia/ palabras agua que gotean en el cuenco de las manos. Y donde, para concluir, TODO ES UN INCENDIO.

Quizás los poemas en prosa eran una rareza en tiempos de Baudelaire y Bertrand, pero bien sabemos que el problema del lenguaje es justamente el de sus transformaciones, a todo nivel.

El fuego limpia, pero deja el tizne de las cenizas. Este libro se quema a sí mismo, para levantarse de sus propias cenizas.

O en las palabras del poeta:

Poesía, digo, y se oye un desplomar
De sílabas en el vacío

No hemos resuelto el enigma, vagamos entre prosa, entre poesía, entre prosa poética, relato, caligramas, poesía visual… La esfinge nos traga, y nos devuelve todas las posibilidades de lectura, los ilimitados límites de los “géneros” literarios.

27 feb 2011

SEGUNDO FESTIVAL INTERNACIONAL DE POESÍA BOLIVIA

Del 14 al 20 de marzo se llevará a cabo la nueva versión del Festival Internacional de Poesía Bolivia. Las sedes en esta oportunidad serán las ciudades de La Paz, Oruro y Cochabamba.

Los organizadores, Rubén Vargas, Edwin Guzmán Ortiz y Benjamín Chávez, están cerrando el programa que será publicado en los próximos días.

Para más información pueden visitar el blog del festival

3 dic 2010

AUDIOS / actualización

Estamos modificando el orden de la información y estética de este blog para poder incorporar más material. Es posible que a lo largo de los próximos meses encuentren los muebles movidos de lugar.

En principio compartimos estos audios que se tomaron en 2006.
Homero Carvalho / Las puertas
Benjamín Chávez / Poema número mil para una mujer que jamás leyó ninguno
Francisco Azuela / Aztecal VIII
Juan Carlos Ramiro Quiroga / Volador hecho con el asombro de los flamencos
Mónica Velásquez / Hija de Medea

27 nov 2010

FESTIVAL POÉTICAS PLURALES / Perú

La presentación del Festival Poéticas Plurales condensa un concepto estrechamente ligado al proyecto de lectura / poesía.

"...Alta Tecnología Andina - ATA y la Fundación Telefónica presentan “Poéticas plurales: texto, sonido, imagen”, festival de poesía interdisciplinaria que reúne diversas expresiones contemporáneas de la experimentación poética: poesía sonora, polipoesía, poesía visual y fonética, videopoesía y acción poética. La curaduría está a cargo del investigador audiovisual peruano, Luis Alvarado".

El encuentro, que se inició el 9 de noviembre de este año, estará abierto hasta el 20 de febrero de 2011 en el Centro Fundación Telefónica (Lima).

8 nov 2010

UN IDA Y VUELA CON GIOVANNA RIVERO / Laura R. Martínez

GIOVANNA RIVERO nació en 1972. Es escritora, comunicadora social y periodista graduada de la Universidad Privada de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia). Sus cuentos han sido incluidos en: La otra mirada. Antología del cuento femenino boliviano (Alfaguara, 2000), Existencias Insurrectas (1997), The Fat Man From La Paz (Rosario Santos, 2000), Una revelación desde la escritura (Peter Lang, 2001), Voces de las dos orillas (Universidad de Playa Ancha, Chile, 2001) y El futuro no es nuestro (Eterna Cadencia, 2009), entre otros. Ha publicado los libros: Nombrando el eco (Marea Editores, 1994), Las bestias (Premio Municipal de Literatura de Santa Cruz, 1996), La dueña de nuestros sueños (Editorial Correveidile, 2002), Sentir lo oscuro (La Hoguera, 2002), Contraluna (La Mancha, 2005), Sangre dulce (La Mancha, 2006), Niñas y detectivas (Bartley Editores, 2009) y las novelas Las Camaleonas (La Mancha, 2001) y Tukzon, historias colaterales (La Mancha, 2008) recientemente publicado en España por Bartley Editores y reeditado por La Mancha con la original idea transformar un capítulo al estilo cómic.

Esta chica superpoderosa (¿en qué radica el poder de la mujer? "El poder está en la imaginación, siempre") que escribe desde su adolescencia va ganando para sí, pero también para la literatura boliviana, un notable espacio en las letras hispanoamericanas. Actualmente, reside en Estados Unidos, donde realizó -a través de la beca Fulbright- una Maestría en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Florida. Este año ha sido invitada a los festivales FINN (Festival Iberoamericano de Nueva Narrativa, Argentina) y al Fet América (Festival Internacional de Novela Contemporánea en lengua castellana, España). Laura Raquel Martínez entrevistó a la escritora boliviana en exclusiva para Palabra Viva.







PALABRA VIVA.- ¿Cuáles fueron tus lecturas de adolescente? ¿Cómo accedías a esos textos?

GIOVANNA RIVERO.-
Mis primeras lecturas fueron totalmente accidentales, pues en casa no teníamos una biblioteca clásica y más bien la enorme voracidad que yo experimentaba debía saciarla con las lecturas de mi abuelo, otro lector de fantasías indiscriminadas. Así fue como leí la revista Playboy en portugués! Y también novelas pocket del género Western y por ahí se colaron cosas como "El llano en llamas" o "El último tango en París"... Como ves, un caos maravilloso. También leía historietas y revistas esotéricas.

P. V.- ¿Dónde publicaste tus primeros textos y en qué circunstancias?

G. R.-
Publiqué los primeros textos en revistas locales, Santa Cruz comenzaba a despertar a su fase cosmopolita y había un pequeño boom de revistas y suplementos culturales. Ese fue un buen ejercicio para darme cuenta de la distancia pública que existe entre la intimidad de la creación y la decisión de mostrarse ante un lector.

P. V.- Tus primeros libros fueron catalogados como literatura erótica e incluso recuerdo haber escuchado feminista, ¿hasta qué punto es importante para vos plantear problemáticas de género en tu narrativa?

G. R.-
Es un mandato interior, una trama natural. Hay mujeres en el mundo y las mujeres nunca han tenido las cosas fáciles, entre sus deseos y la realidad hay mil fricciones y esa es la base de, por ejemplo, cualquier thriller. En mi caso, lo artificial sería desoír ese deseo de narrar qué es ser mujer en el Siglo XXI, una pregunta tan válida como "en qué consiste ser humano ahora?".

P. V.-¿Desde qué punto de vista se podría decir que te interesa abordar la sexualidad: placer, deseo, amor, excitación? ¿Por qué?

G. R.-
Porque son pulsiones, fuerzas, vectores en contra del paso del tiempo. Eso, un modo de afrontar la angustia del tiempo que tiende a ser cada vez más acuático, líquido. Ante un tiempo "twitter", la posibilidad de la carne es una resistencia.

P. V.- Noto ciertos elementos bizarros y sucios recurrentes en tus textos, ¿de dónde crees que proviene tus vientitos fétidos?

G. R.-
Mis primeras lecturas, las iniciáticas, fueron muy bizarras y eso deja su impronta, su hermoso daño. Pero además, me gusta lo imperfecto, el gesto humano.

P. V.- Uno de tus últimos libros, "Tukzon" surgió en Estados Unidos, donde vivís actualmente, ¿qué espacios o estéticas consideras que le ofreció ese país a tu literatura?

G. R.-
Conozco una pequeña parte de Estados Unidos, justo la que los hermanos Cohen utilizan para pintar las patologías de una sociedad entre el puritanismo y la absoluta desinhibición.  Los pueblos son paisajes anchos, con árboles y ríos, hermosos, y tras esa belleza hay dolor. Eso me impactó.

P. V.- ¿Pensaste en escribir, o de hecho escribís, en inglés?

G. R.-
No. Tengo el español para escribir.

P. V.- "Todos somos extraños" fue una frase que utilizaste hablando de la trama de "Tukzon", ¿cómo se convive con un extraño? 

G. R.-
Extrañarse es un ejercicio que deberíamos hacer todos los seres humanos porque ese eventual vaciamiento de uno mismo, el preguntarse "¿y cómo sería si yo fuese otro?", permite la comprensión. Al final, eso es lo que busca la literatura, comprender.

P. V.- Dentro de "Tukzon", Other voices me pareció un capítulo impactante por la manera en la que está narrado y por la cantidad de matices temáticos condensados, ¿cómo fue el proceso de escritura?

G. R.-
Escuché el testimonio de un amigo que el día de las torres no había podido regresar a su casa porque era imposible atravesar las calles. A él le parecía que tras la humareda y el polvo todavía podía ver el fantasma de las torres. Era su mente que se negaba a aceptar lo que ocurría. Esa percepción fantasmática me llegó a fondo y se convirtió en Other Voices.

P. V.-¿Cómo sentís que es tu vínculo literario y cotidiano con la poética?

G. R.-
Intenso. No escribo la poesía, pero la leo, me alimenta, me salva. Es como orar.

P. V.- En relación a la cantidad de potenciales imágenes cinematográficas de tus relatos, ¿sentís afinidad con lenguajes diferentes al literario? ¿cuáles?

G. R.-
Sí, inicialmente con el cómic porque de ese género aprendí la importancia de la secuencia y el manejo de ritmos en una extensión dada, y luego del cine, por el enfoque. El cine es enfoque, fotografía, y la literatura se enfrenta a ese enorme desafío.

P. V.- En varias ocasiones hablas de la narrativa boliviana de frontera casi como un género. ¿Cómo definirías ese tipo de producción? ¿Qué características tiene? ¿Quién/es la produce/n?

G. R.-
Es que Bolivia es tan diversa y contradictoria que tenemos un montón de fronteras, las cuales sin embargo no hemos sabido capitalizar lo suficiente en la literatura. No sólo por los registros del habla, sino también por las formas de imaginar tan distintas y a veces confrontadas estamos ante una fuente de producción literaria que podría revolucionar Latinoamérica. Mientras la literatura andina mantiene un nivel sobrenatural, casi místico en sus producciones, la literatura oriental muestra una Bolivia posmoderna bastante esquizofrénica. Y todo es válido.

P. V.- ¿Crees que con tu generación la narrativa boliviana ha logrado ingresar en el mercado internacional de la literatura? ¿Qué cosas determinaron / pueden determinar ese proceso?

G. R.-
Estamos en ello. Estamos intentándolo. Yo creo que es importante no ser individualistas a la hora de exportar literatura. Un solo nombre no va a cambiar el estado de cosas. Es importante aprender de los argentinos, por ejemplo, a recomendarse unos a otros sin pudores, a formar tradición, a abrir un paraguas cultural que ampare a muchos. Los editores buscan autores, es cierto, pero un autor es más sólido si lo referencia toda una comunidad cultural.

P. V.- ¿Quiénes conforman el panorama de la narrativa boliviana hoy?

G. R.-
Todos. Me resisto a hablar únicamente en el lenguaje del mercado. ¿Quiénes lo conforman? Todos los que en Bolivia están escribiendo de manera comprometida y apasionada.

P. V.- ¿Cuál es tu apreciación sobre el ámbito editorial boliviano, sobre el vínculo de los autores con las editoriales y con el mercado internacional?

G. R.-
Lo que dije. Que Bolivia en principio no interesa porque sus guerrillas internas no le han permitido mostrar hacia afuera lo contradictoriamente literaria que es. Hay que vendernos como lugar, como tradición para que la cosa sea sostenible. Un editor dice "una escritora boliviana", pero él mismo no está seguro de lo que eso significa. Y si bien los discursos literarios proclaman que la patria de  un escritor es el idioma, la imaginación y, por último, Internet, yo creo que no hay que confundir chauvinismos y en contraparte posnacionalismos con la necesidad de que el gentilicio no sea un lugar vacío, desconocido.

P. V.- Mónica Velásquez en su "Panorama y entretejido de la poesía boliviana actual" explica que la poesía ha tenido una continuidad amable entre las generaciones, ¿cómo lo sentís en la narrativa?

G. R.-
No sucede igual. La narrativa se ha movido con saltos mortales y piruetas arriesgadas, por lo menos en la región oriental, que es donde a fines de los años noventa comenzó a gestarse una vocación de modernidad necesaria como punto de inflexión. Es que hablamos de más de una dinámica literaria en Bolivia. Una cosa era La Paz y otra Santa Cruz, por ejemplo.

P. V.- Y en su relación con el canon internacional, ¿crees que la narrativa boliviana fue más o menos permeable que otros géneros?

G. R.-
Midiendo a escala, sí. Lo que pasa es que antes de Internet el acceso a lecturas contemporáneas era demasiado azaroso. Hemos tenido que cubrir algunos atrasos a la velocidad de la luz.

P. V.- ¿Considerás que en Bolivia (como en otros países) la narrativa tuvo y/o tiene mayor arraigo en el lector que la poesía?

G. R.-
Claro. Es parte de la genética imperfecta del ser humano. La poesía usa menos palabras y eso puede confundir; sus estrategias y retóricas se mueven en altos niveles. Leer poesía es un trabajo más arduo que leer un cuento.

P. V.- Hace unos meses estuviste en Argentina, como invitada al Festival Iberoamericano de Nueva Narrativa, ¿resultó una experiencia positiva?

G. R.-
Argentina es un lugar intenso. Yo tenía que haber ido antes y ahora necesito volver. Acordate que mis primeras lecturas fueron de editorial Columba, o sea que ahí hay un vínculo afectivo muy fuerte. Pero en términos del "business literario", el viaje me permitió conocer gente interesante, gente que admiro y también me permitió mostrar un poco lo que yo hago, salir del involuntario autismo.  Además, ir hasta el fin del mundo para escribir es muy coherente con mis propias apuestas artísticas.

P. V.- A partir del encuentro, ¿cambió tu mirada sobre el campo literario iberoamericano?

G. R.-
Antes estuve en otros encuentros iberoamericanos y ahora mismo estoy volviendo del Fét a América, en Barcelona. Los encuentros sirven para muchas cosas: para hacer amistades literarias, para que te regalen libros, para pensar mejor en lo que uno está mismo produciendo, para enajenarse y para desmitificar algunos éxitos. Ojalá de los encuentros salieran manifiestos, pero es que somos demasiado sumisos con el mercado. De todos modos, en los encuentros siempre se siembra una semilla cuyos frutos no son inmediatos. Yo disfruto muchísimo del posencuentro, cuando comienzo a vislumbrar esa gestación, el modo en que lo que no era materia o idea comienza a derivar en otra realidad. La amistad literaria es el fruto más rico, porque eso puede modificar estéticas.

P. V.- ¿Qué expectativas hay sobre las generaciones de narradores nacidos después de los 70s.? ¿Se debatió al respecto en el encuentro?

G. R.-
No, en Ushuaia no fue un tema agendado, y en Barcelona lo hablamos un poco: una relación menos oposicional con los del Boom, cierta empatía por el pop, fragmentarismo, hiperrealidad, pero también el impacto de haber sido jóvenes que sólo tenían la tele a ser adultos jóvenes con un acceso casi ilimitado a lo virtual. Este shock lo tenemos que procesar dentro de la literatura.

P. V.- Quizá por fatal inspiración te pregunto... ¿hoy a quiénes lees? ¿cómo accedes a esos textos?

G. R.-
Leo de todo: ensayos Siglo XXI, literatura súper contemporánea, gringos, españoles, latinoamericanos. Es una voracidad un poco caótica que me cuesta plata, pero regulo eso gracias también a que actualmente cuento la biblioteca de la Universidad de Florida, que es una de las más completas en ficción latinoamericana en los Estados Unidos.

P. V.- Quisieras agregar alguna anécdota del Festival Iberoamericano o alguna otra cosa.

G. R.-
Viajé con Irene, mi hija, a Ushuaia, y poder integrarla a una actividad literaria me permitió consolarla por las heridas que involuntariamente los familiares del escritor o escritora se llevan sin comerla ni beberla, pues el oficio literario es muy demandante y uno no siempre sabe poner límites a la antropofagia de la ficción.


Publicado en Palabra viva

22 oct 2010

DE LA ANSIEDAD SERENA Y LAS ILUMINADAS AGUAS / Xavier Jordán


Gabriel Chávez me advirtió que este su nuevo retoño era un "hijo de los late thirties y de una ansiosa serenidad". Por supuesto que no le creí lo de la serenidad, faltaba más. ¿Cómo iba él a sumergirse en el territorio de la serenidad por más ansiosa que ésta se nos apetezca? Finalmente, a nuestros tardíos treinta, no existe mayor serenidad que nuestras ansiedades. Así que comencé a leer, con la serena ansiedad del caso, El agua iluminada y descubrí que no me había equivocado. Chávez era el mismo se que supo conocer en nuestros "early twenties". Sólo que más sereno y también ansioso.

Este poemario me llego como reminiscencias de lo desposeído. Grandes patios y grandes ollas de alimento. Cines viejos, mares calmos de tanto olvido. Abuelos y padres y madres y hermanos no nacidos. Una fugaz aparición de Thomas Mann, una carrera de Steve McQueen y una copa profunda de Dickens. El superlatvo ciego de Babilonia en todo lo descrito. La imposibilidad del Evangelio, el I Ching, las tercas tardes y las vastas lunas que no vivimos. Viejos tópicos con serenos pasos, sin atroces inocencias, sin exasperados ayes, sin más destino ni mañana que el hoy día. Y todavía sonrío cuando recueerdo la página en que leí su cita al "ahora que es entonces" y vino a mí, como soldado, un Terán, un Froment y un Burt Lancaster.

Poco reino es la nostalgia para definir el camino que trazan estas iluminadas aguas. Chávez juega a las escondidas entre el ligero aire de saudades que provocan sus pasados y su minucioso oficio de artesano de palabras.

Allí están su Richard Burton, su Liz Taylor y su San Lucas, arrimados seres a las aguas de una poesía clara y fresca, precisa a momentos, como navaja de hielo y, otras veces, enigmática y sorda a las bellaquerías de los barroquismos latinos.

"Quiere beber del agua / que lava la ceniza / de los ojos del mundo" dice Chávez en el primer verso de Bartimeo sueña y, en efecto, Bartimeo compone el mundo onírico de estas aguas que a veces son quietud y otras enrevesadas olas. Siempre ante la serenidad ansiosa de sus ayeres, cada imagen de este libro refleja al Narciso que contempla su figura, en las iluminadas aguas del placer de la poesía. Chávez dixit:

Una rendija

Y tomando barro de la acequia
el niño formó cinco pajarillos cuando nadie lo veía.


Se alisó entonces el cabello que le cubría la frente
tomó aire
sopló suavemente sobre ellos


y echaron a volar.

Tan preciso y mágico como esto, El agua iluminada transcurre a través de mí con la serenidad calmada de los tardíos treinta que me aquejan y me ponen en la ruta del placer de estar aquí, hablando de Chávez y de Steve Mcqueen.

21 oct 2010

EL AGUA ILUMINADA / Gabriel Chávez

El agua iluminada, que acaba de ser presentada en la Feria Internacional del Libro de Cochabamba, es la más reciente producción del poeta Gabriel Chávez Casazola.

El libro, editado por La Hoguera, reúne 23 poemas en castellano, siete de los cuales han sido traducidos al portugués por Pedro Sevylla de Juana y Nicolau Saiao, y cinco al italiano, por Mariela de Marchi.

Esta inusual edición acompañará al poeta en encuentros literarios de México, Italia y de otros países de Europa, donde ha sido invitado a participar el próximo año.

"Esa agua que lava la ceniza / de los ojos del mundo nos devuelve a cambio la entrañable capacidad de este poeta de resignificar los hechos más pequeños del día a día; las memorias heroicas que no queremos repetir y sólo celebramos o la escritura que acusa recibo de que existió el mundo y el poeta que lo inventa. Particularmente hermoso es el lugar que esta palabra da a la memoria, que nos lleva de la mano hasta ese anhelado sitio y tiempo donde y cuando había ilusión", expresó Mónica Velázquez sobre este nuevo trabajo de Chávez.

Gabriel Chávez. (Sucre, 1972). Poeta, escritor y periodista boliviano. Publicó los libros de poesía: Lugar Común (1999) y Escalera de Mano (2003). Sus poemas han sido traducidos a varios idiomas y están recogidos en antologías y publicaciones nacionales e internacionales, como Agulha de Brasil, 400 Elefantes de Nicaragua, Triplo V de Portugal y La Otra de México. Ha participado en numerosos encuentros y festivales de poesía en el país y fuera de él, e impartió talleres del género en universidades y centros culturales. Publicó además un libro de ensayos y otro de crónica periodística; tiene cuentos de publicación dispersa y editó una vasta Historia de la Cultura Boliviana en el siglo XX (2 vol., 2005 y 2009), reconocida como el Libro Mejor Editado del año 2009 por la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz. Ha cuidado asimismo la edición crítica de varias obras clásicas de autores nacionales. El Estado boliviano le concedió la Medalla al Mérito Cultural por su labor intelectual. Reside en la ciudad de Santa Cruz desde el año 2006.